ALGO MUY PERSONAL (DEDICADO A FITO).

 

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Creo que una de las cosas que esta vida nos enseña es que nuestra existencia se sujeta sobre un inmenso océano de interrogantes y apenas unos pocos islotes de certezas.

Una de esas pocas certezas que la vida me ha enseñado es la de reconocer algunos de mis limites.  Como por ejemplo mi nula capacidad para afrontar algunos problemas personales de cierta índole sin paralizarme.  Creo firmemente, además, que no me paraliza el miedo al fracaso o a la derrota, sino más bien el hecho de reconocer mi capacidad para hacer daño, una capacidad que habita en tod@s nosotr@s, y la posibilidad de convertirme en el exponente de la misma mediocridad que muestran aquellos que me han agredido.

En realidad, y coincidiendo con las palabras de Luis Antonio de Villena, el perdedor no es un mediocre o un fracasado a secas; el perdedor es alguien que ha intentado ser más y desde ahí ha llegado al derrumbe.  El perdedor es, en definitiva, un aristócrata respecto a la mayoría común.  Prefiero, sin duda alguna, a un fracasado antes que a un mediocre.

 

Este texto, escrito desde el pozo de mis emociones y afectos sobre un asunto muy personal, va dedicado a otro bloguero que hace unos días me dejó un mensaje en el que relataba el tortuoso camino por el que transcurría su vida desde hace algún tiempo.  Un camino de pérdida y de desilusión que, después de años de vino y rosas, le había robado hasta las fuerzas y las ganas de escribir.

 

Por que yo, también, una vez lo perdí todo.

 

Sé que lo que te voy a contar no servirá para aliviar tus problemas pero me gustaría que al menos te sirva para enfocar alguna de tus reflexiones, para espolear tu interior, o al menos para volver a recuperar tus ganas de escribir.  Ya ves que yo también las recuperé.

 

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En la actualidad tengo 47 años.  Comencé a trabajar muy joven, pues necesitaba el dinero para pagar mis estudios universitarios.  Antes de hacer el “servicio militar” (desgraciadamente entonces era obligatorio) trabajé en todo lo que encontré:  ayudé a hacer masa y a subir ladrillos como peón de albañil, arranqué bacalao en las bajeras de los barcos bacaladeros que fondeaban en el puerto de Pasaia, llamé a los portales para repartir propaganda en los buzones,…

 

Tras realizar la “mili” me dediqué a opositar y a terminar mis estudios.  Tenía muy claro que necesitaba el dinero para terminar los estudios, para independizarme, para divertirme lo máximo posible y para ahorrar pensando en futuros proyectos.

Ahora, cuando miro hacia aquella maravillosa época de mi vida, llena de esperanza, de ilusión y de lucha, aún soy capaz de esbozar una abierta sonrisa, aunque a veces un tanto amarga.  En seguida sabrás por qué.

 

Como te decía, tras finalizar el “servicio militar” me dediqué a presentarme a múltiples oposiciones.  A todas las que pude.  Tuve la fortuna de aprobar dos al mismo tiempo, una de ellas como administrativo en la Universidad del País Vasco y otra como auxiliar en la Administración de Correos.  No sé muy bien por qué, quizás por que en aquella época inspiraba una mayor seguridad o quizás por que ya entonces un cierto espíritu romántico e inquieto comenzaba a influir en mis decisiones, pero tomé la decisión de comenzar a repartir cartas.

 

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En Correos permanecí tres años, el tiempo necesario para solicitar una excedencia, para obtener mi título universitario y para ahorrar algún dinerito.

Ya con el título en el bolsillo, aproveché el tiempo de la excedencia para presentarme a otras ofertas de empleo.  Y así fue como aquél joven, atrevido y ambicioso, que hasta hacía unos días repartía cartas, certificados, giros y reembolsos por las calles del donostiarra barrio de Alza, se convirtió en el director de una importante oficina bancaria de la zona.

 

Para entonces ya había conocido a una chica más joven que yo, atractiva y aparentemente sencilla llamada…qué más dá...llamémosla “señorita X”, o quizás sea más adecuado llamarla “Marnie”, por hacer un símil cinematográfico.

 

 

Cuando la conocí Marnie no tenía empleo alguno, pero al poco tiempo consiguió un empleo en una conocida tienda donostiarra de ropa femenina.  Mi sueldo por entonces ya era bastante importante y tras unos pocos años decidimos comprar un piso.   Tras una pequeña búsqueda encontramos un piso que nos convenció: nuevo, espacioso, cómodo, bien situado, bonito…  Al fin mis proyectos comenzaban a tomar forma.  Dí una fuerte entrada al promotor (Marnie aportó una cantidad significativamente más pequeña, lo cual no me importó en absoluto), y solicité un préstamo con garantía hipotecaria en la Entidad financiera para la que entonces trabajaba.  Como puedes imaginarte conseguí un préstamo con unas condiciones estupendas, entre ellas un interés del MIBOR (después se cambió al EURIBOR) menos 0,10 %.  A pesar de estas condiciones la cuota mensual ascendió a 149.000 pesetas.  

 

 

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Corría el año 1992.  No te extrañará si te digo que viví aquella época con alegría y con gran intensidad.  De alguna forma mis deseos se estaban convirtiendo en realidad.  Tenía un buen empleo y un sueldo por encima de la media, un piso estupendo, buena salud, un coche y todo el tiempo del mundo por delante para compartir con la persona que amaba, Marnie.  Por entonces, Marnie ya había dejado su empleo como dependienta y conseguido un empleo como administrativa en una conocida asesoría del barrio donostiarra de Gros. Su sueldo no era mucho más elevado pero, desde luego, el trabajo era mucho más cómodo.  Aún así, nuestros ingresos nos permitían pagar la hipoteca y realizar uno de nuestros mayores hobbies: viajar.  Lisboa, París, Ámsterdam, Marbella, Bruselas, Brujas, Venecia, Marsella, Génova, Nápoles, Volendam, La Haya, Nairobi, Mombasa, Palermo, Túnez…fueron algunos de los lugares que visitamos antes y después de nuestro matrimonio.  Alguna vez cenamos en Arzak, embarcamos en algún crucero de lujo y tras someterse ella a un carísimo tratamiento de inseminación artificial adquirí una monovolumen, buscando una mayor comodidad y seguridad para nuestro deseado hijo y para la familia que deseaba formar. 

 

Mi hijo nació en el año 2000, cinco años después de contraer matrimonio.  Por entonces, ella seguía trabajando en el mismo lugar, mientras que por mi parte ya había cambiado tres veces de empleo, siempre en busca de nuevas responsabilidades y de nuevos y mayores ingresos que nos permitiesen mantener un buen nivel de vida.

 

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Decía el comprometido León Felipe: “Me han dormido con cuentos y me sé todos los cuentos”.  Decía el entrañable Terency Moix: “Tengo derecho a exigir que me hubiesen querido menos y que me hubiesen educado mejor”.

Al igual que ellos, puedo decir que me hubiera gustado conocer todos los cuentos, y que alguien me hubiera dicho que en la vida real no hay cuentos de hadas, que en la vida real los cuentos generalmente no acaban bien.

Año 2005.  Si el “Juego de la Oca” es una acertada metáfora de la aventura de vivir, entonces en ese año mi ficha acertó a caer en la casilla 52, o quizás sea más acertado decir que caí en la casilla 42.  El Laberinto.  El problema fue que, al contrario que Teseo, yo no disponía del hilo de Ariadna.

 

Para entonces ya llevábamos dos años atravesando momentos de nula bonanza económica.  En 2003 había decidido crear mi propia empresa, pero aquella iniciativa no terminaba de cuajar.  Tuvimos que deshacernos de uno de los coches, olvidar los viajes, prescindir de la persona que nos ayudaba en las tareas domésticas,…Es decir, que hubo que apretarse el cinturón.  Pero había un detalle que me mantenía tranquilo: al tiempo de crear la empresa yo había realizado un documento ante Notario (Notaría Segura de Donosti) mediante el cual nuestro patrimonio, creía, quedaba totalmente salvaguardado en caso de que las cosas a nivel empresarial fuesen rematadamente mal.  Se trataba de algo tan común como poner todos los bienes a nombre de la otra persona, en este caso de Marnie.  En aquél mismo acto convinimos en que más adelante firmaríamos un documento privado por el cual se reconocía que los bienes eran de ambos.  Desde luego, si alguien puso confianza en aquella relación, ese fui yo.

 

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Dicen que cuando la ruina entra por la puerta el amor salta por la ventana.  Este es, desgraciadamente, uno de los refranes más acertados que conozco.  Pero, sinceramente, creo que en mi caso no puede aplicarse, sencillamente por que en mi caso el único amor que verdaderamente existió, el mío, fue apuñalado de la forma más rastrera y miserable posible.  Para Marnie el amor era algo equivalente a un plato de lentejas. 

 

El día 31 de agosto de 2005, a las nueve de la mañana, en la cafetería Kursaal, delante de un humeante café con leche que no probé, me dijo que “se separaba”.  Desde aquél momento, me dijo, quedaba cerrada la puerta a cualquier diálogo o a buscar cualquier oportunidad de encuentro.  En aquél momento me extrañó una actitud tan radical, no me habría extrañado de haber sabido entonces lo que realmente tramaba.  Marnie ya llevaba tiempo preparando todo aquello pues me citó para el día siguiente por la mañana en el bufete de una abogada donostiarra para firmar los “acuerdos” de la separación.

 

En la mañana siguiente, el día 1 de septiembre, luchando contra el desconcierto, la pena y la tormenta que se había desatado en mi interior, le comenté que debíamos firmar también el documento privado por el cual se reconocía que los bienes eran de ambos.  Su respuesta me dejó helado.  Me miró fijamente, sonrió, levantó su mano derecha cerrando el puño y dejando extendido tan solo su dedo corazón, lo subió a la altura de su nariz para decir muy despacio: “Yo no firmo nada….habla con el Juez”.  Mi idea inicial fue contar hasta diez, pero preferí contar hasta cien.  Me levanté y me fui no sin antes decirle que entonces yo no firmaría ningún acuerdo.

Salí de casa y me dirigí hacia la bahía de La Concha.  Necesitaba pasear, sentir la brisa golpeando mi cara.  Necesitaba llenar de aire mis pulmones e intentar oxigenar mi mente.  En ese momento tan solo tenía una cosa clara: Acababan de "robármelo" todo!!!

 

Y así fue, querido Fito. Me lo "robaron" todo.  Pero fíjate!!!.  Todo fue muy duro, pero lo más doloroso no fue la pérdida de los bienes materiales.  Lo más doloroso no fue tampoco el tomar conciencia de que acababan de reventar todo el proyecto de vida por el que había luchado en los últimos veinte años.  Tampoco lo fue aprender que hasta entonces había estado rodeado de mediocres que antes corrían para pasar su mano por mis hombros y que ahora rehuían mi mirada.  Ni siquiera el hecho de comprender que aquello que yo había llamado amor, para la otra parte tan sólo había sido interés.  No.  Lo más doloroso y lo más terrible fue enfrentarme a la mirada y a la sonrisa de mi hijo, y saber el dolor que le causaría aquella situación.  Saber que a partir de aquél momento me habían robado también mi bien más hermoso y preciado: la cotidianidad con mi hijo, la posibilidad de verlo crecer, luchar, sonreír y jugar todos los días.  Adiós a los guiñoles nocturnos, adiós a los besos de madrugada, adiós a su carita perezosa de las mañanas,…

 

Fue muy duro, querido Fito…Pero debo decirte una cosa:  Hoy mi hijo y yo seguimos más unidos que nunca. 

 

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Pablo y su amiguito del desierto Tunecino, Shuali  (2008).

 

Ánimo amigo…Te envío un muy fuerte y cómplice abrazo.

 

 

 

Comentarios

Joder Imanol, me has dejado dejado de piedra!!!! Un fuerte abrazo para ti y para Fito....Muxo ánimoooo!!!!!!!!!!!!


Ah, se me olvidaba....y otro abrazote para tu hijo Pabloooooo......


Hace mucho tiempo que pienso que el mundo está desequilibrado, como que toda la escoria nos engaña a las buenas gentes. Yo no tuve nunca "tanto", pero te puedo asegurar que me hicieron una putada similar, con algunos agravantes...muy duros de contar. Yo me quedé con tres para sacar adelante yo sóla. ¿Y sabes que es lo peor? Que después de más de 5 años, el mal trato psicológico sigue desde la calle. Animo. Eso me digo todos los días a m´misma. Por eso escribo a veces. Abrazos. Ana.


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